lunes, 31 de agosto de 2020

Culpables en Lima Norte




Por Luis R. Carrera

La imprudencia, el alarmismo, la falta de preparación y la inoperancia de la autoridad han vuelto a ser una combinación fatal en estos tiempos de amenaza del COVID-19 y en esta ocasión, la suma de estos factores ha costado la vida de 13 personas que terminaron siendo las víctimas del episodio más triste de la pandemia en la capital peruana. El país entero está de luto por estas pérdidas y debería estar lamentando tamaña desgracia acontecida el sábado 22 de agosto. Digo que debería porque si pasamos revista de las publicaciones hechas sobre este hecho, nos toparemos con una realidad que difiere mucho de lo que comúnmente se suele hacer en situaciones trágicas. Así, veremos cómo las reacciones de la gente al enterarse de lo sucedido en Thomas Resto Bar se convierten en una clara y reciente evidencia de la percepción vida por parte de muchos usuarios de las distintas plataformas virtuales, además de comprobar lo poco que vale, para algunos, la vida del resto cuando se antepone la oportunidad de hacerse de dinero evadiendo burocracias municipales. Pero antes de esto, va un breve recuento.

Nos encontramos en el pujante distrito de Los Olivos, espacio símbolo de Lima Norte. Corrían los últimos minutos de libre tránsito en la noche del 22 de agosto de este presente y tan complicado año y todo parecía transcurrir el curso normal establecido luego de la cuarentena. De repente, algo ocurre en la Av. El Zinc, calle enclavada entre las avenidas Rosa de América y Alfredo Mendiola, a un paso de la Panamericana Norte. Música, risas y alaridos retumbaban al interior de la discoteca Thomas Resto Bar y el escándalo que este recinto originaba había hartado a muchos vecinos de las calles colindantes con la avenida ya mencionada. Fue así que, ante las insistentes llamadas a la comisaría del lugar, la policía decide intervenir el sitio por medio de un operativo de emergencia, situación que devino en la intervención del local, la detención de los asistentes y la huida de un grupo de estos entre los cuales se encontraban las 13 víctimas que pagaron todas las consecuencias.

El resultado no podía ser otro: tragedia nacional y repercusiones del hecho tanto en la prensa local como internacional. El Perú volvía a ser a estar ante los ojos del mundo y una vez más por causa de una tragedia, como para no perder la costumbre. De esta manera, supimos todos que la cantidad de asistentes fue 10 veces más que la cantidad de efectivos policiales que intervinieron el restobar, que solo había un acceso al local habilitado para las más de 100 personas que se disponían a romper el toque de queda y que esa única salida estuvo cerrada al momento de la estampida de los fiesteros cuya desesperación por huir de la autoridad los hizo realizar una triste recreación de lo ocurrido en el Nacional en mayo del 64. Esta fue la forma en que se consumó una tragedia que pudo evitarse muy fácilmente pero que fue fluyendo directo hacia la desgracia por una serie de factores que se entre juntaros esa fatídica noche y que si se examinan por separado notaremos que para la prensa internacional puede ser algo sorpresivo e inusual pero dentro del millón de kilómetros que preservan a esta patria han sido y seguirán siendo una constante entre nosotros. A continuación, los principales factores.

Los concurrentes

Sea por rebeldía, ansiedad o ignorancia, siempre encontraremos o tendremos noticias de vecinos que deciden ir en contra de toda muestra de racionalidad y salen a donde el destino los lleve sin importar la situación que se viva o los límites que desde arriba y en este periodo de pandemia le hacen el amague a la ley para seguir con el destrabe al que estaban acostumbrados. Así fue como a través de reportes y noticias supimos que ciudadanos de a pie, deportistas y hasta autoridades locales fueron descubiertos en reuniones y eventos que hoy están prohibidos como medida de seguridad. Eso fue lo que hicieron los temerarios asistentes a la fiesta organizada por el restobar Thomas la noche de aquel sábado en el que simplemente dejaron todo de lado y corrieron a ampararse en esas cuatro paredes que aseguraban una noche diversión absoluta. De nada sirvieron los mensajes en radio, televisión, diarios, las campañas, los mensajes a la nación ni los “Aprendo en casa”. Solo importaba esa promesa de alcohol y reguetón a discreción que Thomas Resto Bar garantizaba.

A nadie le queda duda que esto fue un acto completamente imprudente e inoportuno en un momento tan difícil como el que nos está tocando vivir y que aquellos que asistieron a esa fiesta a espaldas de la autoridad dieron muestras de total ignorancia y nulo interés por el contexto actual. Pero justamente ese rechazo a lo ordenado por el Estado tiene una razón de ser. Se ha visto el poco interés de algunos por seguir reglamentos, algo que no refleja otra cosa que una escasa consciencia de la crisis global que nos aqueja y un nivel de educación muy por debajo del promedio, pero esa falencia se origina en la instrucción limitada de los padres y demás familiares de cada uno de los asistentes a la fiesta, lo que a su vez tiene origen en la crisis de un sistema educativo que no da muestras de un cambio verdadero y que a pesar de ello es impartido a Los Olivos y otras zonas de la urbe periférica limeña espacios que hoy gozan de un crecimiento a nivel comercial pero que siguen dando señales de que un desarrollo pleno en esta parte de Lima está muy lejos de concretarse. 


La población, por su parte, percibe el desinterés de sus autoridades por lograr un mejorar las cosas y así es que deciden manejarse bajo sus propias reglas. Como resultado final tenemos núcleos familiares que instruyen a sus hijos con nociones básicas para subsistir, en base a las experiencias que padres y abuelos padecieron, poniéndolas por encima de lo que vendría a ser una consciencia ciudadana, al no ser esto un elemento que garantice, desde su punto de vista, una superación económica. Todo este entramado fue dando forma a los desatinos e imprudencias que cada uno de cientos de jóvenes cometió cuando decidieron ir a esa fiesta que nunca debió darse. Aclaremos que el ir a esa reunión clandestina fue un completo acto de idiotez pero que como ya hemos visto, no se forjó de la nada.

 Los “bravos” de Thomas Resto Bar


Todo el problema ya conocido tuvo su origen en aquellos empresarios que abrieron las puertas de su recinto teniendo pleno conocimiento de lo decretado por Vizcarrita y aun así, mantuvieron el horario y los eventos de siempre sin importar que existe un toque de queda de por medio. Podríamos entender que como administradores de un local necesitan seguir generando ingresos, pero no es este el caso, más aún si nos detenemos a analizar el proceder de los dueños y administradores.

El local, ubicado en la cuadra 2 de la Av. El Zinc en plena Urbanización Industrial Infantas en el distrito de Los Olivos, es uno de los 3 establecimientos que posee la empresa Monditex S.R.L., dedicada al rubro textil, la cual tiene como representantes legales a los señores Leandro Montoya Callirgos y Nélida Díaz Serrano siendo esta última propietaria del local ubicado en la urbanización industrial, rodeado de calles con nombres de metales para que quede claro lo industrial que es la zona. Es la señora Díaz Serrano quien alquila el establecimiento a los arrendatarios Job Luque Ayala y Judith Ortega Godoy, quienes ya con la autorización de la propietaria se vieron en la libertad de manejar el local como mejor les parezca. Así fue como nació Thomas Resto Bar.

 


La administración del lugar y el manejo en general de la empresa Monditex acarreaba una serie de problemas que venían desde la dirección de la misma, la cual no parecía querer solucionar. Si nos buscamos información de la compañía en Sunat, veremos que sus datos se encuentran desactualizados al no presentar declaración jurada desde el mes de mayo (fecha en la que solo registraba 6 trabajadores). Además, no taremos que el señor Montoya Callirgos figura como persona natural sin negocio para la realización de actividades inmobiliarias. El apego a la informalidad por parte de estos empresarios venía desde mucho antes de la tragedia y quizá sea esa una de las razones por las que ni a Nélida Díaz Serrano ni a Leandro Montoya les importó saber que a Job Luque Ayala le habían clausurado la discoteca La Guitarra Vip que administraba en Boulevard El Retablo, en el combativo Comas, por infringir normas de seguridad, más bien le renovaron el contrato el pasado mes de julio para seguir llevándose alguito en este tiempo de pandemia. Y ya con el contrato renovado, Thomas Resto Bar se dedicó a organizar grandes fiestas y eventos sábado a sábado en su local de la Av. El Zinc promocionadas a través de sus plataformas virtuales en donde convocaba a la juventud de Los Olivos a divertirse como si no hubiese COVID hasta altas horas de la madrugada disfrutando los últimos éxitos de la música urbana y de todo el alcohol que puedan en su apacible y seguro segundo piso de capacidad limitada y con una sola puerta de salida. “¿Toque de queda? ¿Qué es eso?” parecía decir la pareja arrendataria.


La Muni


A pesar de haber clausurado Thomas Resto Bar el año pasado en tiempos que su Gerencia de Seguridad Ciudadana era dirigida por el televisivo Daniel Urresti, la discoteca en cuestión reinició sus actividades el presente año sin restricción alguna por parte de la autoridad y se dio el tiempo de establecer vínculos con productoras como A&A Producciones que grababa y subía sus redes tanto las fiestas que organizó el local de Los Olivos como otras que se llevaron a cabo en otros puntos de la ciudad, también al margen de la ley  y con artistas invitados como lo fueron ‘Chacalito’, hermano menor de “Papá Chacalón”, Orquesta Chacapelón, Willy Coronación, Alexito Espinal (este en el propio Thomas Resto Bar) y el ‘Chacal’, el legendario iniciador de la tradición chacalonera.


El establecimiento que albergara las 13 muertes venía organizando eventos en sus instalaciones, amparados en la renovación de contrato con los dueños de Molditex, en los que estuvieron involucrados el ya mencionado Alexito Espinal y hasta una barra de Universitario de Deportes por supuesto en horas del toque de queda sin temor a que el municipio de Los Olivos tome acciones en este desacato a las leyes, situación que en un primer momento puede causar extrañeza pero si revisamos información que menciona que esta comuna de Lima Norte no emplea ni la mitad del presupuesto que el Estado le otorga y que del porcentaje destinado a la seguridad ciudadana ejecuta solo la mitad de lo que corresponde, nos daremos cuenta el porqué del  libre funcionamiento de un local que ya se encontraba vetado por el ente gubernamental del distrito.


Felipe Castillo Alfaro, burgomaestre que ha poseído el sillón municipal de Los Olivos desde 1996 y que muestra visos de establecer una dinastía al estilo europeo medieval, dice encontrarse extrañado del funcionamiento del restobar pues afirmó no haber recibido queja alguna de las fiestas clandestinas por todos conocidas. Esto obviamente en un intento por evitar cuestionamientos a la evasión de su responsabilidad de ejercer un mayor control en locales de este tipo ante los reclamos de los vecinos que ya no toleran los escándalos que locales como Thomas Resto Bar provocan todas las semanas aprovechando el "descuido" del municipio. Pero al igual que los representantes de Molditex y el señor Luque Ayala, el alcalde Castillo tiene también un pasado marcado por el rechazo a lo legal. En el 2015, tiempo en el que milagrosamente no era alcalde del distrito, fue denunciado penalmente por la construcción de un edificio destinado a ser una universidad particular de la que el propio Castillo sería el rector (¿eres tú Pepe Luna?). Finalmente, el Poder Judicial aceptó su apelación a la demanda en 2018 y ese mismo año, como premio a tan ejemplar accionar, fue nombrado una vez más alcalde de Los Olivos, comuna que parece estar condenada a ser el eterno feudo del clan Castillo Alfaro en el que la ley es algo opcional, al igual que las necesidades de los residentes.


El cuarto poder


Una mención especial merece la forma en cómo los medios fueron informando al público a cerca de la tragedia con el paso de los días. En un primer momento activó su modo alarmista para que la noticia genere mayores repercusiones que las que ya tenía pues ni bien se supo lo que había ocurrido en Thomas Resto Bar, tomaron el primer testimonio que tuvieron al alcance, el mismo que señalaba el uso de bombas lacrimógenas por parte de la Policía Nacional, y divulgaron información que provocó una momentánea confusión e incertidumbre entre los que estaban realmente interesados en conocer los detalles del hecho pero al mismo tiempo les generó vistas y compartidas a sus notas.

Ante ello hubo que aclarar ese punto y una vez hecho eso, pasaron a la etapa de estigmatización de las víctimas. En un nuevo intento de ampliar la difusión de sus publicaciones, distintos medios, tanto serios como sensacionalistas, comenzaron a indagar en las identidades de las víctimas de la intervención, que fueron 12 mujeres y un hombre en total, pero no de un modo reivindicativo sino más bien, señalando a los que tenían antecedentes policiales, información que no estaba tan alejada de la realidad pero que al ser uno de los primeros rasgos de los fenecidos a resaltar, el hecho fue un ejemplo más de cómo se relacionan espacios periféricos y/o marginados de la ciudad con la delincuencia en primera plana, sin mencionar el reforzamiento de aquella visión de la periferia limeña sumergida en la otredad. Es que no hay compra de periódicos ni retweets a las publicaciones si ese toque de morbo no está presente. Por suerte, con el transcurrir de los días el sensacionalismo fue bajando de a poco y las informaciones tomaron un rumbo menos farandulero, aunque hubo por ahí alguno que otro comentario guiado por lo primero que el comentarista percibía de los hechos.


La respuesta del público


Este fue un factor que llamó considerablemente la atención. En contextos de índole trágico como el sucedido en Thomas Resto Bar, normalmente se espera la comprensión o por lo menos las condolencias del caso a los deudos por haber perdido valiosos integrantes de sus respectivas familias, para luego aconsejar, si así lo desean, qué no se debe hacer para evitar desgracias similares. Pero, muy por el contrario, las reacciones de muchos al conocer la triste noticia fueron de rechazo absoluto de las acciones cometidas por los involucrados, desprecio por los negligentes que asistieron a esa fiesta y lo peor de todo, la aprobación y alegría porque una parte del conglomerado haya muerto. Algunos incluso, a través de las redes, se ofrecían a matar a futuros imprudentes (“Para ver si así aprenden”, dictaba el consenso general). No faltaron por supuesto, los calificativos de “delincuentes”, “indeseables”, “malvivientes”, “lacras humanas” y cuanto calificativo negativo puedan adjudicarles. 

Ya se ha dicho que aquellos que decidieron infringir el toque de queda cometieron el mayor acto de estupidez presenciado en los últimos tiempos, pero esta negligencia no es motivo suficiente para desear la muerte de jóvenes que al final de cuentas son ciudadanos como ustedes y como quien les escribe. Aquí es donde el distanciamiento social pasa a ser una jerarquización a priori donde el que recibe la información se siente con la autoridad para juzgar las malas acciones de terceros mientras se pone su mascarilla por debajo de la nariz y piensa en comer en la calle. Fuimos pues testigos de una falta total de empatía con 13 familias en duelo por parte de todos los sectores de la 3 veces coronada, desde el vecino de asentamiento que quiere subir a la combi sin protección hasta el poblador de Las Casuarinas que organiza encerronas en su barrio exclusivo asumiendo que por ser del sector A – B está libre de todo contagio (la irresponsabilidad no conoce de niveles socioeconómicos). Conductas como estas se plasmado desde las primeras detenciones a infractores de la cuarentena y que de ninguna manera van a cambiar, peor aún en estos días en que las pérdidas humanas se ven como simples cifras. Viva el Perú y sereno.


Esos de verde


Hasta hace muy pocos días, la opinión pública anduvo defendiendo a capa y espada la labor de los efectivos policiales librándolos de toda culpa. Una vez que se despejó la duda sobre el supuesto uso de bombas lacrimógenas, diversos medios (no todos), la población civil y desde luego el Ministerio del Interior, acapararon todo espacio posible para decirnos que la intervención al restobar de licencia trucha fue la adecuada y a muy poco estuvieron de pedir ascensos a todos los efectivos partícipes de tan magno operativo, según los defensores de los de verde, de quienes se resaltaba el que hayan interrumpido el jolgorio y hayan tratado de separar a hombres de mujeres para las detenciones del momento. Pero luego de tanto soportar cómo se les eximía de todo culpando únicamente a los asistentes y a los organizadores del evento, la prensa se dejó de estigmatizaciones, recobró energías y sacó a la luz nueva información. Según la PNP, amparada por el Ministerio ya citado, el tumulto que originó las muertes se debió a que el grupo que intentó huir de las fuerzas del orden (es decir, los 12 efectivos que mandaron para los 120 irresponsables) provocó en su estampida el cierre de la única salida del local, que se encontraba abierta. Esto difiere totalmente de lo que se pudo apreciar en el registro de las cámaras de vigilancia que muestran la puerta de acceso cerrada todo el tiempo y con un efectivo resguardando, algo que prácticamente aseguró la posterior pérdida de vidas.


Seguido de esto y cuando se pensaba que esta contradicción era suficiente para cuestionar este operativo hecho a lo que salga y sin calcular de antemano una probable cantidad de individuos evadiendo las medidas sanitarias, llega a nuestras pantallas el informe Cuarto Poder, programa que cuando no tiene a Sol Carreño bailando con ex presidentes corruptos es un muy buen informativo, que ponía en nuestro conocimiento la existencia de un sospechoso personaje aprovecharon lo agitado de la intervención para acercarse al área de cámaras del local para manipular todo registro que evidencie que la versión de la Policía Nacional no era la verídica. El reportaje señala además que el misterioso sujeto extrae unos dispositivos de las cámaras de seguridad, los cuales sirven para almacenar todo registro que llegue a grabarse e incluso muestran la posible identidad del sujeto: nada menos que el suboficial Aarón salcedo, integrante del Grupo Terna. Queda demostrado entonces que aparte de que el operativo les quedó más grande que la camiseta del Barza a Semedo, los herederos de Alipio Ponce intentaron cambiar el curso de las investigaciones manipulando evidencias. Santa Rosita desde el cielo vuelve a defraudarse de sus engreídos.


Resumiendo así nomás

La tragedia ocurrida en Thomas Restobar es el hecho lamentable de esta pandemia con más repercusiones en lo que va del año y no es para menos. Es la mayor desgracia que todas las intervenciones a infractores de las nuevas leyes hemos tenido hasta ahora y se espera que con estas pérdidas prematuras se entienda de una vez por todas que no es tiempo de hacer lo que nos venga en gana y que evadir cualquier aspecto de las medidas sanitarias es la peor decisión que podamos tomar. Y así como se pretende hacernos entender esta premisa, también se espera que vayamos un poco más allá de solo criticar a los negligentes que salieron a vacilarse arriesgando sus vidas o afirmar que la procedencia de quienes acuden a recintos como este restobar es el único determinante para el brote de la idiotez y la irresponsabilidad. Es bueno que nos desprendamos de ese pensamiento guía, sobre todo si hacemos un poco de memoria y recordamos que no solo en la Lima de los conos se comenten actos de estupidez.

Que los juergueros son claros responsables en este caos, lo son, pero no dejemos de lado a los demás responsables. Tenemos a la administración en general de Molditex y por defecto a Thomas Resto Bar, quienes ya han sido detenidos por haber incurrido en delitos como homicidio culposo, lesiones culposas y violación de medidas sanitarias. Pero como era de esperarse, cada uno de ellos viene quitándose responsabilidades cual niño que rompió un vidrio y acusa a su compañero. Nélida Díaz Serrano ha declarado que ella no alquiló el ocal para eventos y que la culpa es de Job Luque Ayala y Judith Ortega Godoy. Luque Alfaro por su parte, jura que el establecimiento sí tiene licencia pero que la tiene guardada su madre (recuerdo haberle oído al Chavo mejores excusas) y en un giro inesperado de la trama, menciona al cantante Juancho Peña como el responsable pues, afirma Luque, el artista alquiló el local ese sábado fatal y que las entradas fueron cobradas por la esposa del intérprete. Una pasada de pelota que ni la de Chumpi a “Perico” León.


Está por supuesto la siniestra figura de Felipe Castillo Alfaro, señor feudal del condado de Los Olivos que apenas en su primera declaración ha dicho desconocer el proceder de los establecimientos de su propio dominio, teniendo equipo y presupuesto para ejercer una fiscalización pertinente pero como ya se ha dicho, en lo que va de su enésima gestión no ha empleado ni el 40 % del dinero otorgado por el Estado siendo la consecuencia directa de este absoluto desinterés por su distrito penosas limitaciones en sectores importantes de esta comuna de Lima Norte como la seguridad ciudadana. Son finalmente 3 elementos (los fiesteros, el emperador de Los Olivos y la Policía Nacional), entremezclados cada uno con sus propias deficiencias, los que dieron las condiciones para que el estado crítico en que nos encontramos se agrave aún más sumando 13 muertos adicionales al total de compatriotas fenecidos como los caídos por el COVID-19 o los asesinados de la comunidad kukama.

Quedarán en el recuerdo de los suyos jóvenes como Liz Melosevich, Allison Montañez, Sandra Peña Osco y Cinthya Salazar Cántaro, algunas de las 13 víctimas que aquel 22 de agosto del 2020 tomaron la peor decisión de su existencia y ahora son para el común de la gente un grupo más que se suma a la lista de muertos en este año tan atípico y complicado. Tomemos realmente consciencia de lo que pasó, del total de responsables y principalmente prioricemos el factor humano de este lamentable hecho antes que el ámbito estadístico pues por más de que las comparen con los caídos en Utopía, a ellas nadie les va a hacer una película.



Referencias:

 

martes, 7 de julio de 2020

Aquel j(U)lio del 2002




Por Luis R. Carrera

Pasados ya los festejos por el histórico tricampeonato, el nuevo siglo tenía deparado para el Club Universitario de Deportes un momento difícil que lo condujo a una de las mayores crisis de su historia. La gestión que manejó al equipo en el momento de éxito se había encargado en todo ese tiempo de borrar con una mano lo que hacía con la otra, como coloquialmente se dice, y dejó un saldo por demás negativo en el club tanto en lo deportivo como en lo institucional, situación que poco o nada mejoró quien sucedió en el cargo al inefable Alfredo Gonzales. Es en medio de todo este clima de tensión e incertidumbre cuando llega a la conducción del equipo el profesor Ángel Cappa, un técnico de amplia trayectoria en su país y de quien se podía aprender tanto en lo futbolístico como en la reflexión cotidiana, características que enriquecían su ya demostrada calidad hasta ese entonces y por tal motivo su llegada fue uno de los pocos (por no decir el único) aciertos de la dirección del finado Javier Aspauza, presidente crema por ese entonces.


Dada la crítica situación del club para su llegada, el profesor tuvo que echar mano de la cantera en vista de la falta de recursos para traer refuerzos de nivel (el flamante refuerzo Fabrizio Simone no era precisamente una luz en el ataque, como se recordará), los cuales junto al 'Nuno' Molina y los referentes que optaron por quedarse a defender nuestros colores, se logró armar un equipo capaz de seguir peleando de igual a igual frente a los rivales de siempre en el Apertura de aquel año que coincidiría con la consagración de Ronaldo y compañía en tierras orientales. Y fue así como el 'Puma', capitán e ícono del equipo, Paolo Maldonado, aún con la habilidad intacta para el desequilibrio sorpresivo, Edson “Cheta” Domínguez, valeroso defensor y héroe de mil batallas con la “U”,  “Chemo”, de soberbio desplazamiento en el mediocampo, el “Goyo” Bernales, efectivo en la contención sumado a un valioso aporte cuando apoyaba en el ataque, Óscar Ibáñez, de impecable labor bajo los tres palos, fueron el respaldo para los nuevos rostros en la crema de aquel entonces como fueron Hernán Rengifo, Milton Marquillo, Carlos Orejuela y Miguel Ángel Torres, quienes trataban de complementar la labor de los experimentados.


A la lista debemos sumar a quienes en un breve periodo con la crema puesta lograron ganarse un lugar en el once titular de Cappa, como fue el caso de Rubén "Panaderito" Díaz, hijo del “Panadero”, de quien aprendió lo necesario para defender la camiseta como lo hiciera Rubén Toribio en los 70. Al igual que él, también sacaron cara por nuestros colores elementos como John Galliquio, defensor písqueño que manejaba la zaga y la banda derecha como un experimentado, Santiago Acasiete, quien hacía algunos años se lucía en la Copa Perú y ahora cumplía su sueño de vestirse de crema sin saber todo lo que el destino le tenía armado para más adelante, Roberto “Nuno” Molina, aguerrido volante mendocino que de apoco se ganó el cariño de la hinchada, Mario Gómez, talentoso pero díscolo lateral izquierdo que a su corta edad vivía sus últimos momentos de gloria en el fútbol. No podemos dejar de destacar a quienes al igual que los jóvenes valores del párrafo anterior también aportaban al equipo viniendo de la banca, como lo hacían Fernando Del Solar, hermano del “Chemo” quien nunca se sintió a la sombra del mayor pese a jugar en su misma posición, César “Leche” García, cumplidor lateral izquierdo y “Paco” Bazán, siempre esperando su oportunidad en el arco. Pero esta plantilla no podía completarse sin antes haber mencionado a quienes formaron una inamovible delantera a lo largo del torneo: Johan Sotil, el hijo del 'Cholo', quien fue mostrando con el correr de las jornadas un afianzamiento que del mismo modo en que surgió fue desapareciendo en los años posteriores y junto con él, el gran Martín Vilallonga, el hombre gol que en la temporada anterior piloteó el ataque al lado del 'Checho' y que ahora lo hacía junto con una promesa de aquel tiempo como lo fue Johan, una de las tantas que al igual que muchos otros, tuvo que llevar por voluntad propia ese rótulo durante toda su carrera.



Todos los jugadores nombrados siguieron fielmente a lo largo de 22 fechas  y un play-off ida y vuelta las enseñanzas del profesor Ángel Cappa, un entrenador conocido por plasmar en el campo un fútbol bien jugado, vistoso para el público, pero al mismo tiempo efectivo ante el rival de turno, filosofía que por supuesto puso en ejecución en este su nuevo equipo pues tenía elementos para plasmar esa filosofía futbolística que rápidamente entendieron valores como “Chemo”, Maldonado, Bernales, Molina y hasta el propio Sotil, quien se había convertido en el arma secreta del plantel. Pero Cappa, con la sapiencia que hasta hoy lo caracteriza, percibía también que el momento de la “U “requería de ese temple y garra de la que había oído al llegar al club. De ese modo, se valió también de elementos que eran un tanto la contraparte del buen toque y el pase fino, pero con ímpetu y liderazgo en la cancha como Carranza y Domínguez y combinó el estilo de estos 2 grupos de jugadores para armar un cuadro que refleje el momento de la U bajo su dirección: un equipo con una idea de juego clara y capaz de darlo todo por salir del crítico momento por el que pasaba. Sin Cappa esto no hubiese sido posible de realizarse, tomando en cuenta las complicaciones que la propia dirigencia le generaba al equipo.


En frente teníamos como rival directo por el título al compadre, al rival de toda la vida, el cual aparentemente se mostraba como un contrincante más sólido que nuestra crema querida y por eso nos sacaría de camino en el momento menos pensado, pero como tantas veces se ha dicho, los partidos hay que jugarlos y en esta ocasión no hubo excepción a la regla. Pese a que no se le pudo doblegar en los choques del torneo, la crema supo afrontar las dificultades que se iban presentando en el camino hacia el campeonato y para ello primó una serie de aspectos que permitieron al equipo mantenerse en carrera. Sumado al fútbol que destellaban Paolo, el 'Nuno' y el propio 'Cholito' fue necesario agregar ciertos ingredientes que a lo largo de su historia marcaron la mística del elenco merengue: el pundonor, el amor propio y el compromiso que cada jugador asumió para sacar adelante la campaña. Todo esto prosperó de la mano de las indicaciones del profesor Cappa que supo capitalizar el potencial del plantel con miras a la consagración.



La suma de estos elementos permitió al equipo sacar valiosos triunfos de canchas complicadas como el “Miguel Grau” del Callao o el estadio “Huancayo” y sus más de 3200 m.s.n.m. Lamentablemente la buena racha sufrió un bajón a raíz de una inesperada derrota con un equipo celeste, la cual le hizo recordar a jugadores y comando técnico que además de que se empezaban a alejar de la punta, estaban en un club ya inmerso en una crisis institucional producto de las gestiones de Gonzales y Aspauza, un club que no pagaba ni a empleados ni a jugadores, que no cumplía con servicios básicos como el agua en sus instalaciones, que no hacía otra cosa más que mecer a todo el que pueda y hacerse los tercios cuando Gremco se acercaba cada vez más a las altas esferas de la “U”, sin mencionar los problemas judiciales que tuvo que afrontar nuestro capitán histórico. 






Pero, así como asumían que el momento no era de los mejores, el plantel tomó consciencia de la historia de Universitario, la cual consta de un sinfín de episodios en los que hay que algo más que el talento con el balón para lograr los objetivos. Fue así que el equipo puso en práctica ese pundonor, ese amor propio y esa garra que caracteriza al pueblo crema se para sobreponerse tanto a las dubitaciones aparecidas a mitad del torneo como a la caótica situación económica que amenazaba con prolongarse (cosa que lamentablemente logró al poco tiempo). De esta manera, el cuadro estudiantil recuperó el paso para la segunda rueda, remontó la ventaja que el equipo a rayas le había sacado en la tabla de posiciones y estuvo a minutos de concretar la hazaña en la última fecha ante Melgar, de no haber sido por ese penal cobrado a los victorianos en el "Campeones del '36". Pero este freno a la consagración en el "Templo" le dio a la crema la oportunidad de volver a enfrentar al compadre y cobrarse la revancha de los duelos del Apertura, la misma que se empezó a forjar el 26 de junio de aquel 2002, día en el que se pudo dar el primer paso.



Ese día, luego de tantas idas y venidas con el municipio de Ate Vitarte, el Estadio Monumental quedó habilitado para partidos de alto riesgo y de esa manera, se pudo jugar el primer clásico en dicho escenario. El ambiente de fiesta volvía al máximo en las tribunas, como en los buenos tiempos, no tan lejanos por ese entonces y con ese espíritu se llevó al cabo el juego. Ya en el segundo tiempo, un centro de Maldonado por el sector derecho, fue a parar a la ubicación de Martín Vilallonga quien se elevó a mayor altura que el resto y de un soberbio cabezazo venció la valla de Roverano y de esta manera decretó el triunfo, el primero en los clásicos jugados en Ate. 



Luego aguardar la final de la Copa del Mundo y la decisión de otra sede para la segunda final por los disturbios ocurridos en la primera definición por parte de la hinchada rival (frustrada por ver cómo el campeonato se les empezaba a ir de las manos), el domingo 7 de julio tocó ir a Trujillo. En la “ciudad de la eterna primavera, la crema pudo alcanzar la gloria luego de unos disputados 90 minutos que culminaron en un 0-0 en el gramado del Mansiche, resultado que significó una vuelta olímpica más para la escuadra merengue, la cual nuevamente mostraba el camino a seguir para superar la adversidad en este ámbito de la vida. Por tal motivo, el elenco crema podía al fin descargar su rabia contenida por la difícil situación que por la que atravesaba y qué mejor forma de reflejar el desahogo que a través de ese eufórico "¡Contra todos! ¡Contra todos!" que el profesor Cappa, de excelente manejo del equipo en aquella campaña, profirió una vez concluido el encuentro.



El tiempo pasaría y la hinchada iría sintiendo las partidas de “Chemo”, figura de ese equipo, el profe Cappa, quien volvía a tierras argentinas al igual que Vilallonga y con ellos se iba también ese ambiente de triunfo y optimismo ante la adversidad, ambiente que era más que necesario para lo que se venía. Ya en el Clausura aparecerían nuevas promesas para el club como Luis Salhuana, Michael Guevara, Luis Flores, Roberto Drago y un “Loco” que daría que hablar en los años posteriores pero el ámbito institucional se agravaría aún más y lamentablemente, esto solo era el principio. Es por ello que este título obtenido en el Apertura 2002 si bien no fue un título nacional, tiene un valor importante para la fanaticada merengue porque ser el fiel reflejo del triunfo ante la adversidad, por ser un logro ganado cuando nadie ponía a la “U” como el equipo triunfador de la competencia, cuando las miradas se iban hacia el compadre quien, para variar, se sentía campeón mucho antes del fin del torneo. Y fue ahí donde la mística crema afloró una vez más y se impuso contra todo y contra rodos, como bien dijo el profesor, dejando el claro que a este equipo no se le da por muerto jamás. Así lo entendieron los jugadores de ese plantel y así lo entiende el hincha de la “U” en estos tiempos en que la crisis vuelve a golpear igual o peor que al inicio del siglo XXI. Por estas razones, la vuelta olímpica en Trujillo aquel julio del 2002 estará siempre presente en la memoria del hincha de Universitario.






Archivo fotográfico:

FaUsto Espinoza Flores


Página “Coleccionista Crema y Guinda

Página “Hinchada Crema”

Página “La Banda de Odriozola”

Página “Dale Crema”
https://www.facebook.com/dalecrema1924/

jueves, 14 de mayo de 2020

Un duelo de caballeros

 


Por Luis R. Carrera

El Rimac, otrora barrio de Abajo el Puente, el primer asentamiento de la ciudad fuera del Centro Histórico tras la fundación colonial de Lima, es sin duda alguna un espacio tradicional por excelencia de la capital peruana. Diversos personajes y acontecimientos claves en la historia peruana se han tenido participación en este humilde reducto localizado en la margen derecha del Río Hablador, tanto en épocas prehispánicas, coloniales, como republicanas. Cuna del criollismo, la arquitectura virreinal, la negritud peruana y la lucha obrera, el amado barrio bajopontino nunca dejará de ser un referente del devenir capitalino pese a su complicado presente plagado de incertidumbre, irregularidades y autoridades que malversan bonos y donaciones. Las historias que el otrora Arrabal de San Lázaro nunca perderán el grado de epicidad adquirido con el paso del tiempo, por lo que lo que aquí se va a narrar entra perfectamente en este universo de relatos de antología.

Malambo, epicentro de la fulería


Menciono líneas arriba el carácter criollo, virreinal y afroperuano que da forma al distrito del Rimac y son justamente estos componentes los que moldean el relato que aquí se va a desarrollar, el mismo que tuvo su origen en un espacio del territorio bajopontino determinante en muchos episodios de su historia: Malambo. El espacio que en el siglo XVI fuera un depósito de esclavos adornado con muchos ejemplares de un árbol medicinal que dio nombre al sitio, fue cobrando considerable importancia con el paso del tiempo pese a su condición de zona marginal en la 3 veces coronada villa pues al ser cobijo de esclavos en tiempos coloniales, se consolidó como un bastión de identidad negra en donde se forjaron desde expresiones artísticas que marcarían la pauta del folklore limeño hasta las bases de la lucha obrera a inicios del siglo XX, pasando por relatos fantasiosos que narran la estadía de legendarios bandoleros en sus callejones y un fundamental aporte al fútbol peruano en sus albores pues aquí nacieron el Sport Inca y el Sport Progreso, clubes obreros que pasaron a la historia del deporte nacional al consagrarse en los tiempos del Escudo Dewar. Son todos estos elementos lo que convirtieron al barrio de Malambo en un área determinante en la historia de la capital, aunque nunca dejó de ser un lugar excluido del desarrollo de la ciudad a pesar de hallarse a escasos metro del Centro Histórico, pues sus orígenes marginales marcaron para siempre a este rincón de Abajo el Puente. Por tal motivo, la pobreza, la propagación de enfermedades como la tifoidea (en especial en los niños) y la delincuencia fueron males que estuvieron presentes al momento del desarrollo de la historia que da vida a este relato, ocurrida en la década de 1910.

Dificultades abajo el puente


La delincuencia era una constante en territorio rimense, tal y como lo es ahora. Como todo territorio con áreas consideradas marginales, el descuido por parte de las autoridades permite a quienes optan por actuar al margen de la ley operar con toda tranquilidad y gobernar calles y barrios sin necesidad de haber sido nombrado. Esta situación se daba en toda la periferia al Centro de Lima y muchos de los espacios tomados por delincuentes de aquella época aún siguen siendo zonas de alta peligrosidad en nuestros días. Y el barrio bajopontino, con sus callejones y sus áreas excluidas del progreso del Centro Histórico, se convertía en el lugar perfecto para desenvolverse fuera de la supervisión policial o municipal, siendo los impulsores de este viraje en el accionar aquellos que se hallaban excluidos de los patrones de ciudadanía que dictaba la norma por esos tiempos, aquellos que no habían tenido acceso a una educación de calidad o separados de cualquier trabajo formal por el lugar el que viven o su color de piel, vetos sociales que poco a poco los fue direccionando en su búsqueda de alguna forma de subsistir. De este grupo de marginados hubo quienes buscaron ganarse la vida como artesanos, ambulantes, dueños de pulperías o como obreros en las fábricas textiles del barrio; pero hubo otros que optaron por tomar de alguna forma aquello que consideraban que les pertenecía sin necesidad de vender producto alguno o pasar su vida en una fábrica, pasando a formar parte del peligroso mundo del hampa. De esta manera, fue el propio abandono de dirigentes o funcionarios lo que por esos años llevó a muchos habitantes de barrios populosos a actuar en contra de lo establecido, por necesidad en algunos casos y en otros, por “vocación”.

Esta forma de actuar no era algo reciente. Durante el virreinato, los cimarrones (esclavos fugitivos) se vieron en la necesidad de levantar aldeas clandestinas a las afueras de la Ciudad de los Reyes y asaltar a todo hispano o criollo que vean por su refugio, pues de no hacerlo, serían descubiertos y llevados de vuelta a la ciudad que los consideraba menos que animales y los excluía de toda forma de progreso (motivaciones similares las que se tienen en ambos casos). Con los años, esos cimarrones pasaron a ser bandoleros a caballo y para el comienzo del siglo XX ya eran integrantes de pandillas comandadas por un líder al que llamaban “faite” (vocablo producto de una mala pronunciación del término inglés fighter) que comandaba al grupo, dominaba un determinado barrio y llegaba a ganarse el respeto los vecinos, por ir en contra de aquellos que lo tenían todo. Era la población negra de Lima la que por lo general lideraba este barullo, la misma población que siglos atrás fue cimarrona y posteriormente bandolera, lo que es una clara evidencia de que a pesar de que la esclavitud fue abolida en 1854, el siglo XX iniciaba con el mismo nivel de racismo y exclusión que en el tiempo en que se usaba la carimba. De igual forma se les unía población andina y mestiza que también se veía con imposiciones limitantes para progresar. En respuesta, tanto los pudientes del otro lado del río Rimac como los hacendados de Muñoz, Palomares o Piedra Liza, amenazados por la presencia de estos “faites” y sus aliados, señalaban a estos individuos como “gente de los bajos fondos” mientras las autoridades seguían sin hacer algo por cambiar realmente esta situación. Malambo, por supuesto, era el escenario por excelencia de esta dinámica.

Los bravos del barrio


De todo este conglomerado marginal, quedaron en el recuerdo las figuras de 2 de estos llamados “faites” que en el año 1915 protagonizaron un hecho particular en la Lima aislada. La historia tiene inicio en el barrio de Malambo (sí, otra vez Malambo), en donde alcanzaron fama 2 personajes de antaño. Por un lado tenemos a Emilio Willman, mulato bajopontino conocido como “Carita de cielo”, apodo que se ganó durante su niñez en Malambo que el propio Willman cambió a "Carita” cuando creció. En Malambo tenía fama de ser un tipo elegante, de buen verso y aptitudes para el baile, aunque también era un delincuente que buscaba hacerse de un nombre en el mundo del hampa. Por otro lado, estaba Cipriano Moreno, negro también de Malambo conocido con el sobrenombre de “Tirifilo”, afamado delincuente de inicios de siglo XX que era respetado y al mismo tiempo temido por la gente de este barrio. Se trataba de un hampón que, si bien era de los más rankeados en la Lima marginal, era también soplón de la Guardia Civil, lo que lo volvió en un personaje odiado por otros hampones de ese entonces. Contaba además con el apoyo de la guardia de seguridad del primer gobierno de Augusto B. Leguía, quienes le permitían ejercer un rol de verdugo y torturador porque la autoridad no podrá poner freno al avance de la delincuencia, pero sí es capaz de tranzar con los cabecillas. Fue así como “Tirifilo” pudo deshacerse de muchos contrincantes que pudieron significarle una seria competencia en el mundo delincuencial.

“Tirifilo” sabía de la existencia de “Carita” y sus pretenciones de ser “faite” y lo despreciaba por considerarlo alguien inferior a él, al punto de referirse a “Carita” como un “esmirriado don nadie” de quien no esperaba nada. Cada quien seguía delinquiendo por su cuenta hasta que un día se inició el conflicto. “Carita” empezó pretender a Teresa, alias “La Pantera”, famosa meretriz de Abajo El Puente que tenía un vínculo muy fuerte con Cipriano, quien al saber del asedio de Willman y que Teresa lo estaba prefiriendo a este, se valió de sus contactos en la Policía para meter preso al contendor. Al poco tiempo, “Carita” fue liberado y al descubrir la causa de su encierro fue directamente contra “Tirifilo”, a quien retó a duelo. Testigos de aquel momento vieron con asombro el atrevimiento del aspirante a “faite” pero de todos modos vaticinaron un triunfo seguro del experimentado hampón.


El duelo fue una práctica de épocas antiguas con la que se buscaba reparar el honor mancillado y era una costumbre exclusiva de caballeros o miembros de la élite. Por esta razón es que el enfrentamiento entre “Carita” y “Tirifilo” se trató de un lance fuera de serie, al ser la primera vez que individuos integrantes de los estratos bajos de la sociedad limeña iban a llevar a cabo un enfrentamiento de tamaña categoría. Fue así como el 2 de mayo de 1915, en la margen derecha del río Rimac sobre una zona que  conocida como Tajamar, muy cerca de Malambo en la que años después se erigiría el Barrio Obrero N° 2 (ubicado en el actual cruce del Jr. Virú con el Puente Santa Rosa), ambos contrincantes se batieron a duelo, con puñales como el arma escogida. No hubo padrinos como se solía hacer, pero sí muchos curiosos e hinchas improvisados. Durante la pelea, se notó en todo momento la sobradez de “Tirifilo”, experto en el manejo del arma blanca, quien llegó a marcar el rostro de “Carita”. Este se repuso y siguió la pelea hasta que, en un momento, esquivó un nuevo ataque del “faite”, quien por la fuerza con la que se lanzó tropezó y cayó sobre las piedras, hecho aprovechado por el retador para fulminar al experimentado de una puñalada certera. “Tirifilo” había caído a manos de quien siempre menospreció en una épica batalla que tuvo al añejo río como testigo de un nuevo hecho que quedaría para la historia.


Legado para la posteridad

Fue tan divulgado este duelo entre marginales que personajes célebres de nuestra historia cubrieron las incidencias del hecho. José Carlos Mariátegui (en el mismo año 1915) y luego Ciro Alegría (en 1953), instituciones de las letras en el Perú que dedicaron parte de su trabajo a la difusión y reivindicación de este acontecimiento, llegando el gran José Carlos a entrevistar al triunfador del duelo mientras era atendido en un hospital para luego publicar el relato en la célebre revista Variedades. “Carita” sería apresado al recuperarse, pero ya para ese entonces su gesta se había convertido en leyenda, la misma que fue inmortalizada en el cuento “Duelo de caballeros” de Alegría, estrenado en 1953, en donde nos narra la historia del reto de "Carita" hacia Tirifilo por una ofensa de este hacia su madre, inmortalizando de esta manera una bronca de “faites” malambinos en la literatura peruana.


Pero no solo en  libros y revistas fue plasmada esta pelea. La música criolla, símbolo de la cultura capitalina, también puso de su parte en la transición de ambos personajes de "faites" a leyendas, protagonistas de una contienda que según lo que marcaban las pautas de la estratificación limeña de aquel entonces, debía quedar en el olvido. Así, la composición de valses como “Sangre criolla” y “La muerte de Tirifilo” nos harán recordar por siempre aquel suceso centenario, más centenario que la creación política del distrito en el que los duelistas se formaron. Y si alguna duda aún existía en nuestros tiempos sobre el recuerdo de la épica batalla, en el año 2014 el director Luis Sandoval levantó la obra teatral “Duelo en Malambo”, puesta en escena ideada por el gran Rafael Santa Cruz quien lamentablemente no pudo apreciar el resultado final de su proyecto, pero todos le reconocemos el haber tenido la iniciativa de trasladar aquel hecho de antaño a los nuevos tiempos. Y qué mejor forma de homenajear al Rafael que llevando su obra al Festival de Artes Escénicas de Lima como se hizo en aquel 2014, al mismo tiempo que fue escenificada en la Plazuela de Presa en el Rimac para deleite del público que hoy reside en lo que alguna vez fuera el mítico Malambo, hoy convertido en la Av. Francisco Pizarro. Nuevamente el barrio bajopontino sumaba un acontecimiento de antología en la historia de la ciudad.



Referencias



viernes, 1 de mayo de 2020

Cuando la lucha bajó el puente: El Rimac y el movimiento obrero en los albores del siglo XX



Por Luis R. Carrera

El distrito del Rimac ha cumplido 100 años algunos meses atrás. Por tal motivo, es necesario repasar la historia de este sector de la ciudad por haber sido en michos pasajes de la historia limeña un espacio de trascendencia para la 3 veces coronada. Y siendo hoy el Día del trabajador, qué mejor manera de difundir la historia rimense que destacando el tiempo en que la lucha obrera anduvo en su apogeo (los albores del siglo XX para mayor precisión), tiempo en el que el Barrio de Abajo el Puente fue privilegiado escenario de aquel episodio clave de la historia del país.

Contexto

Los primeros años del siglo XX estuvieron marcados por la presencia de una población multiétnica que compartía espacios en común y desempeñaba diversos oficios alrededor de la, por ese entonces, poca extensión de la ciudad, en el caso de Lima. Fuera de ella teníamos haciendas instaladas en varios departamentos del país (azucareras en la costa norte, algodoneras al sur de Lima y agrícolas por el ande y sur del Perú, además de las provincias próximas a la capital) dedicadas a la agroexportación que se valían del trabajo de campesinos a quienes se les había inculcado que el ser explotados y humillados por sus patrones era lo más normal de este mundo. Junto a las haciendas, la extracción minera y la construcción de vías eran otros mecanismos de explotación que parecían no tener arreglo. Mientras tanto, la selva era invadida por codiciosos empresarios que sin importarle lo importante que era la región ni quiénes vivían ahí, dañaban distintas especies de árboles para obtener el preciado caucho, nuestra nueva oportunidad de enriquecer al país, aunque quienes realmente intervenían en la extracción eran los pueblos amazónicos sometidos a una nueva modalidad de esclavitud en beneficio de unos pocos. Todo este panorama se hallaba bajo el mando de una oligarquía que, con el fin de generar riqueza y estabilidad, pasaba por alto el abuso en haciendas, minas, construcción de vías y bosques amazónicos para no generar problemas a la extracción. Este mismo grupo de poder venía al mismo tiempo entregándose en cuerpo y alma al capital inglés y reforzando estereotipos raciales que eran reproducidos por los sectores populares. La República Aristocrática se hacía dueña de nuestro imaginario.


Dentro de este contexto tan alentador, la elaboración de productos a gran escala venía imponiéndose alrededor del país por sobre otras formas de trabajo, siendo Lima un espacio en que avanzó de forma acelerada. Este sistema venía desarrollándose desde las últimas décadas del siglo XIX y sería nuestro querido Rimac (que al iniciar el siglo XX aún se le conocía como el Arrabal de San Lázaro) uno de los lugares escogidos para contribuir al avance de esta nueva forma de trabajo.

Avances abajo el puente


Al inicio de los años 1900, la producción en serie ya estaba instaurada en el espacio urbano, sobre todo en Lima, algo que se evidenciaba con la instalación de complejos industriales denominados fábricas, en las que el proceso de producción se llevaba a cabo. Este sistema se diseminó por varios rubros productivos, pero uno hubo que se destacó sobre todos los demás: la industria textil, ya que sería de este sector en el que el trabajador de la fábrica experimentaría cambios significativos. Hasta que tal cambio se dé, el Arrabal de San Lázaro, que ya estaba a pocos años de cambiar su denominación al de Rimac, se había vuelto un espacio clave para la gran producción de tejidos desde el siglo anterior al haberse instalado en su territorio fábricas como Santa Catalina (en 1889), y El Inca (1903). Pero, antes de que surjan estas plantas, hubo una que en 1848 fue instalada cerca de la Alameda de los Descalzos para la producción de algodón, la primera instalada Abajo el Puente, la cual cerró en 1852. Décadas más tarde, esta fue adquirida por la empresa W. R. Grace & Company y trasladada en 1890, con apoyo del gobierno de Andrés Avelino Cáceres, al valle de Ate, donde se convertiría en la Fábrica de Tejidos Vitarte, la fábrica textil más grande del país en ese momento. Cabe mencionar que la empresa impulsora de esta gestión era propiedad de William Russel Grace, hermano de Michael P. Grace, quien firmara a finales del siglo XIX el célebre Contrato Grace con el gobierno del "Brujo de los Andes", contrato que dictaba que nuestros ferrocarriles y vías ferroviarias eran prácticamente regalados al capital británico. Cosas que se le ocurren a un país en crisis por una guerra perdida.


Volviendo al Rimac, las fábricas instaladas requerían operarios que les den funcionamiento. Los dueños de las fábricas habían empezado un reclutamiento de personal y para ello recurrieron a la población que habitaba el área en el que operaban sus propiedades. El histórico barrio de Malambo, aquel rincón capitalino que en el Virreinato fungiera de cárcel de esclavos africanos cuya descendencia terminase habitando el sitio ya siendo libres, se convertía en el principal foco de atención por parte de la burguesía recién llegada pues fábricas como El Inca se hallaban en las cercanías al afamado barrio. Esto conllevó a que su población sea la primera en ser reclutada para trabajar en las instalaciones de ambas compañías. De esta manera, la población mestiza, andina y mayoritariamente afroperuana del Malambo de la primera década el siglo XX se convierten en los primeros representantes de la clase obrera bajopontina.

Desde que las fábricas comenzaron a acelerar el proceso productivo y desplazaran a los talleres de artesanos, se desenvolvieron vínculos tanto a nivel de jefes con obreros, así como entre los propios obreros. Los vínculos entre operarios estuvieron marcados por la cohesión, producto de lazos familiares o por pertenecer todos a un mismo espacio y compartir una historia en común. Esta forma de vínculo fue una característica de los obreros del rubro textil, los que reprodujeron esta postura más que los obreros de otros sectores al ser todos de un mismo barrio y tener el centro de trabajo en su área, siendo esta costumbre una constante entre los trabajadores de Vitarte, Malambo y La Victoria, los 3 focos de desarrollo textil en la Lima de hace un siglo.

La otra relación existente fue la que se dio entre obreros y los dueños de las fábricas. En este caso, primó un paternalismo por parte del dueño hacia sus trabajadores que denotaba preocupación por ellos y fomentaba el ingreso del operario y su familia a la fábrica, además de una serie de detalles con los trabajadores que daban una imagen de aparente estabilidad laboral para que el obrero no sea consciente del excesivo horario de trabajo, el pago a destajo y las míseras condiciones en las que había que laborar. Tal paternalismo llegó a incursionar en el ámbito deportivo, lo que llevó a que en las fábricas El Inca y El Progreso (esta última activa desde 1901 y que reclutaba malambinos en sus filas, pese a no estar ubicada en el barrio) se funden equipos de fútbol obreros bajo el auspicio de los dueños de cada planta, lo que condujo a la creación de los clubes Sport Inca (en 1908) y Sport Progreso (en 1912). Ambos equipos sirvieron para el esparcimiento de los obreros de las fábricas mencionadas a modo de premio por su fidelidad a la empresa, aunque posteriormente ambas escuadras forjarían su propio devenir en el deporte peruano.

Afortunadamente, a finales del siglo XIX se pusieron de manifiesto los primeros intentos de organización entre trabajadores los cuales fueron alentados por seguidores del anarquismo, tendencia política que empezaba a ejercer influencia por estos lares, que activaban en el sector industrial impartiendo entre los obreros las ideas de Manuel Gonzales Prada, las cuales dieron paso a la concientización de la mayor parte de trabajadores respecto a su situación, lo que condujo a las primeras acciones en busca de mejoras salariales y condiciones de trabajo dignas.

Antecedentes de la agitación rimense

Algunos hechos a tomar en cuenta fueron la huelga textil de 1896 a cargo de los trabajadores de la Fábrica de Tejidos de Vitarte, la cual reclamaba mejoras salariales. Otro hecho de importancia fue la huelga de tipógrafos de 1896, también por reclamos salariales. Y ya en el siglo XX se recuerda la huelga de trabajadores del puerto del Callao en 1904, en la que los trabajadores pedían mejoras salariales y el reclamo por las 8 horas laborables, jornada que tuvo como consecuencia el asesinato de Florencio Aliaga, primer mártir del movimiento obrero peruano. Al año siguiente, la Federación de Obreros Panaderos “Estrella del Perú” organizaba la primera celebración del Día del trabajador (1 de mayo de 1905) con participación de Gonzales Prada. En 1906, los obreros de la fábrica textil de Vitarte se van nuevamente a la huelga, esta vez apoyados por la Federación de Obreros Panaderos, aunque no sería sino hasta 1911 que los trabajadores actuaron como una clase obrera organizada y llevan a cabo el primer paro general, convocado por los obreros de Lima en solidaridad con los obreros textiles de Vitarte, reprimidos sin misericordia por el primer gobierno de Augusto B. Leguía (1908 - 1912). 

La lucha es el camino


El barrio de Abajo el Puente, al concentrar varias de las más importantes fábricas del país en ese momento, no podía quedar al margen de este despertar ideológico y combativo de la clase obrera, más aún cuando la lucha ya no solo involucraba al rubro textil, sino a todos los trabajadores de la industria en general. La primera acción concreta de lucha obrera proveniente de lo que aún se conocía como San Lázaro se dio en 1912, a través de una huelga impulsada por obreros de la Fábrica Textil Santa Catalina y un año después llegaría el turno de los trabajadores de la Fábrica Textil El Inca Cotton Inc. (nombre que recibió la fábrica textil El Inca tras ser adquirida por la W. R. Grace & Company) en 2 ocasiones durante el año 1913. Los obreros de El Progreso, por su parte, protestaron en 1914 al interior de su fábrica porque se establezca un pago igualitario entre hombres y mujeres. Ese mismo año, realizaron actos de solidaridad con obreros de otras fábricas en huelga. En todos estos casos, los reclamos también fueron por mejoras salariales y una jornada laboral de 8 horas.

Por estos años, la lucha obrera ya no solo era un asunto capitalino, sino nacional. Así lo demostró la huelga de 1912 en las haciendas del valle de Chicama, la huelga de petroleros de Talara de 1913 o el paro general de metalúrgicos, textiles, tipógrafos, panaderos, zapateros y jornaleros realizado en el Callao también en 1913, movimientos que pusieron en jaque a todo el sector patronal por lo que las fuerzas del presidente Guillermo Billinghurst (el mismo que 1 año antes recibió el apoyo de los sectores populares de Abajo el Puente en el célebre "Manifiesto de la Alameda") tuvieron que reprimir principalmente la huelga del Callao y al no conseguirlo, el presidente del “Pan grande” declaró a Lima en estado de sitio hasta que finalmente tuvo que instaurar la jornada de 8 horas para los trabajadores del Callao, un primer gran avance para la clase trabajadora. Billinghurst, al darse cuenta de que el movimiento obrero era más fuerte que lo que su gobierno creía y que sus promesas populistas no acallarían las protestas, decidió actuar en serio y luego de declarar las 8 horas en el Muelle y Dársena del Callao, dirigió sus reformas a uno de los principales espacios de concentración obrera en la capital: El barrio de Abajo el Puente. El gobierno pasaba de ser un régimen que solo se quedaba en palabras mientras reprimía protestas a ser un régimen que auspiciaba funciones cinematográficas (aprovechando que el cine había llegado al país en estos años de huelgas y paros generales), conferencias científicas y teatro popular en barrios marginales, entre ellos Malambo.


Así, el Rimac volvía a ser parte del devenir histórico de Lima y del país al tener la presencia del Presidente de la República en diversas actividades, razón por la cual Guillermo Billinghurst ha sido considerado el primer político en hacer trabajo por los barrios populares, aunque claro, tuvo que estar la clase explotadora en peligro de caer y Lima en estado de sitio para que su mirada se dirija a los sectores excluidos. Y tanto se enfocó en esta tierra bendita que adquirió terrenos en el histórico Malambo para edificar el primer barrio obrero de la zona, proyecto que se vio truncado al ser Billinghurst derrocado en 1914. La salida de Don Guillermo del poder significó un retroceso en estas mejoras que se venían dando en favor de la clase obrera pues con el general Óscar R. Benavides volvieron las represiones, como ocurrió en las huelgas en Vitarte en 1915 y en Huacho, Sayán, Supe y Pativilca de 1916 que acabaron con la matanza de trabajadores. Estos nuevos episodios de represión indiscriminada condujeron a la formación de la Unión de Tejedores 9 de enero en 1916 con presencia de trabajadores de Vitarte, El Inca, Santa Catalina y El Progreso. La organización debía ser retomada y el Barrio de Abajo el Puente tenía las puertas abiertas para ello.

La Fábrica de Tejidos El Inca, ubicada en Malambo, era una de las más importantes para los obreros que buscaban organizarse pues aquí venían trabajadores de distintas fábricas a coordinar con los operarios malambinos diversas acciones huelguistas. Por tal motivo, fue esta parte de Lima el lugar escogido en diciembre del 1918 para retomar la lucha por las 8 horas, esta vez con carácter nacional. Ocurrió entonces que en uno de los callejones de esta zona de Abajo El Puente se formó el Comité Vitarte – Inca con sus respectivas comisiones y directivas para todas las organizaciones obreras que se sumaran a la jornada, la cual tuvo como preludio una huelga textil iniciada por la fábrica El Inca en ese mismo mes de diciembre. 


Esta huelga pudo ser mantenida hasta el mes siguiente y para el 12 de enero de 1919 ya era un paro nacional que involucró distintos sectores de la industria nacional (entre los cuales podemos mencionar a los comités de lucha de las fábricas textiles de La Victoria, La Unión, San Jacinto o los obreros panaderos encargados de las ollas comunes para la población en pie de lucha, por citar algunos ejemplos). Fue así como luego de semanas de manifestaciones y concentraciones obreras resistiendo represiones por parte de las fuerzas del orden del presidente Pardo y Barreda, fue finalmente decretada la conquista de las 8 horas de trabajo para todos los obreros el 15 de enero de 1919, derecho reconocido por el mandatario en cuestión y ratificado por el Ministerio de Fomento. Aquí es donde queda definitivamente reconocida la importancia del Rimac en este hecho clave en nuestra historia contemporánea, por haber sido el lugar en donde se forjó el movimiento reivindicativo más importante para la clase obrera peruana.


Y como no hay movimiento ideológico sin una base teórica, no podemos dejar de lado las publicaciones en defensa de la clase obrera, las cuales eran de corte anarquista, la corriente de pensamiento que guiaba las jornadas combativas. De ahí que partiera la iniciativa de crear diarios como
Los Parias (en el que escribía el propio Gonzales Prada) o La Protesta, fundado por el célebre líder sindicalista Delfín Lévano. El territorio rimense sería nuevamente protagonista, ahora en la difusión de textos para la organización y lucha sindical, puesto que los anarquistas impulsaron la creación de la Biblioteca Obrera en 1920, ubicada en el actual jirón Trujillo, y la Imprenta Proletaria en 1921, ubicada en Malambo. Aquí se editaban periódicos obreros como El Tawantinsuyo, El Proletario, Idea Libre, La Protesta o El Boletín de Huacho. Malambo se había convertido en centro organizativo y cultural del movimiento obrero anarco-sindicalista y se perfilaba a trascender por completo en este ámbito, hasta que el régimen de Augusto B. Leguía (ya en el Oncenio) clausuró ambos centros de difusión en el año 1922, clausura que no cedió pese a las movilizaciones de protesta.



Palabras finales

Los años siguieron pasando, el barrio de Abajo el Puente pasaría a tener oficialmente el nombre de Rimac, Malambo se convertiría en la Av. Francisco Pizarro y las represiones continuarían a lo largo del Oncenio de Leguía y los regímenes que le sucedieron, aunque las tensiones se fueron disipando a raíz de que durante el periodo de Óscar R. Benavides se ordenara la construcción de barrios obreros en la capital y se establezca el Seguro Social Obligatorio para los obreros. Posteriormente, ya en la década de 1940, la W. R. Grace & Company concentraría a la mayor parte de la clase obrera de la ciudad al posesionarse de las textilerías de Vitarte, El Inca y La Victoria, las cuales al ser fusionadas dieron paso a la empresa textil Compañías Unidas Vitarte Victoria Inca S. A. (CUVISA) que tendría como centro de operaciones lo que en otros tiempos fuera la Fábrica de Tejidos El Inca (o Fábrica Textil El Inca Cotton Inc.) tomando sus instalaciones, la mismas que hoy son un terreno baldío y amurallado ubicado entre la cuadra 9 de la mencionada Av. Pizarro y el colegio Ricardo Bentín. 

Pero más allá de todos estos cambios, queda demostrado que la participación del barrio de Abajo el Puente en la lucha obrera ha sido más que importante en los albores del siglo XX, con lo cual se termina de comprobar la trascendencia de este sector de la capital para esta etapa de conquistas laborales, las cuales evocan tiempos  en que el pueblo bajopontino, pese a la marginación de toda la vida, supo también de luchas y victorias.




Bibliografía